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TEXTO 33: La batalla de Salamina (Los Persas vv 180-205, 249-434, 682-843)
Esquilo
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Hoplita griego y soldado persa

(La reina Atosa, viuda del emperador persa Dario y madre de Jerjes, aparece en escena, atemorizada por un sueño que le ha sobresaltado esa noche)   Me pareció ver dos mujeres con rico atuendo: la una ataviada con vestidos persas, la otra con dóricos, ante mi vista se presentaron, mucho más excelentes en altura que las de ahora e irreprochables por su belleza, y ambas hermanas, del mismo linaje. Como patria habitaban, la una, Grecia, tierra que obtuvo en suerte, la otra la tierra bárbara. Según creía yo ver, ambas andaban preparando cierta discordia entre ellas, y mi hijo, que se enteró, estaba conteniéndolas y apaciguándolas, tras lo cual, las unce a su carro y pone colleras bajo sus cuellos. Una se ufanaba con este atalaje y tenía su boca obediente a las riendas. La otra, en cambio, se revolvía y con las manos iba rompiendo las guarniciones que al carro la uncían; tras arrancarlas con violencia, quedó sin bridas y partió el yugo por la mitad. Cae mi hijo, y su padre Darío se pone a su lado compadeciéndolo. Al verlo Jerjes se rasga el vestido que cubre su cuerpo. Te digo -sí- que esto he visto esta noche Luego me levanté y toqué con mis manos una fuente, de bella corriente, y con mano dispuesta a ofrendar me acerqué al altar con la intención de ofrecer la torta sagrada en honor de los dioses que salvan de males, de quienes son propias estas ofrendas. Y entonces veo un águila huyendo hasta el hogar que hay en el altar de Febo, y de miedo me quedo, amigos, sin voz. Me fijo después en un halcón que, en veloz aleteo se arroja sobre ella y con sus uñas le va arrancando plumas de la cabeza. Pero el águila no hacía otra cosa que hacerse un ovillo y abandonarse. Para mí fue terrible de ver, como lo es oirlo para vosotros, pes lo sabéis bien: si mi hijo llegara a triunfar, sería un héroe fuera de lo común; pero si fracasara..., no tiene que rendir cuentas a la ciudad y, con tal que se salve, seguirá siendo el rey de esta tierra.
(La Reina espera, temerosa, noticias acerca de cómo se ha desarrollado la batalla que su hijo ha emprendido contra los griegos. Entra un Mensajero)
MENSAJERO.—¡Oh ciudades de toda la tierra de Asia ! ¡Oh país persa y puerto abundante en riqueza! ¡Cómo de un solo golpe ha sido aniquilada tu inmensa dicha! ¡La flor de los persas ha caído muerta! ¡Ay de mi, mi primera desgracia a anunciar estas desdichas! Es, persas, sin embargo, forzoso que yo os informe de todo el desastre. ¡Si; todo el ejército ha perecido!
CORO. Estrofa 1ª
¡Dolorosa, dolorosa desgracia, repentina y desgarradora! ¡Persas, llorad de oír este dolor!
MENSAJERO.—Si; porque todo el ejército aquel se ha perdido, y yo mismo estoy viendo la luz del regreso sin que lo esperara.
CORO. Antistrofa 1ª
¡Qué larga vida la que tenemos! ¡Que en nuestra ancianidad hayamos visto un tiempo para oír este dolor inesperado!
MENSAJERO.—Como realmente estuve presente y no lo sé por haber oído palabras de otros, puedo, persas, contaros qué crueles desgracias ocurrieron.
CORO. Estrofa 2ª
¡Ay, ay, ay, ay! ¡En vano innúmeros dardos fueron en masa desde asiática tierra—¡ay, ay!—a Grecia, tierra enemiga!
MENSAJERO.—Llenas de muertos que perecieron de mamanera están las costas de Salamina y todos los lugares vecinos.
CORO. Antistrofa 2ª
¡Ay, ay, ay, ay! ¡Me dices que los cuerpos de mis amigos, luego de morir, hundidos en el mar son arrastrados por el oleaje que los voltea con sus vagarosos mantos forrados!
MENSAJERO.—Sí; no servían para nada los arcos; y todo el ejército sucumbió vencido por la embestida de los navíos
CORO. Estrofa 3ª
¡Lanza un grito de pena en honor de los desgraciados, un grito de dolor, porque todo lo han puesto los dioses muy doloroso para los persas—¡ay, ay!—, al ser mi ejército aniquilado!
MENSAJERO —¡Oh nombre de Salamina, el más odioso que pueda oirse! ¡Ay, cuántos lamentos me causa de recuerdo de Atenas!
CORO. Antistrofa 3ª
¡Odiosa es—sí—Atenas para los que sufrimos esta desgracia! Tengo, en verdad, derecho a mencionar las muchas mujeres de Persia que, sin ninguna utilidad, ha dejado sin hijos y sin maridos.
REINA.—Hace rato que estoy en silencio yo, infortunada, aturdida por la desgracia, pues este desastre lo supera todo: no permite hablar ni preguntar por las desventuras. Sin embargo, es obligado para los mortales el soportar los sufrimientos, si los dioses los dan. Pon ante nuestros ojos todo nuestro infortunio. Cálmate y habla, aunque te haga llorar la desgracia. ¿Quién no ha muerto? ¿A qué jefe tendremos que llorar de entre los designados para el mando?. ¿Quien, al morir, dejo a su tropa sola, desprovista de un héroe que la mandase?
MENSAJERO —Jerjes si que vive y ve la luz del sol.
REINA.—Has dicho algo que es una gran luz para mi casa y un blanco dia tras una negra noche.
MENSAJERO.—Artembares, el jefe de diez mil caballeros, chocó contra las ásperas riberas de Silenias. Dádaces, que a mil hombres mandaba, por un golpe de lanza, saltó de la nave con un salto brusco. Tenagón, el más valiente noble de los bactrios, se estrelló contra la isla de Ayante batida por las olas. Lileo, Ársames y, el tercero, Argestes, en torno a la isla criadora de palomas, en plena confusión, fueron chocando, uno tras otro, contra la dura tierra. Lo mismo también el que era vecino de las fuentes del egipcio Nilo, Farnuco, y los que de una sola nave cayeron: Arcteo, Adeves, y Peresceves, en tercer lugar Matalo de Crisa, que era jefe de diez mil guerreros, murió humedeciendo su barba luenga, cerrada, rojiza, y cambiando de color con un baño purpúreo de sangre. Arabo, el mago, y Artabes de Bactria, que a su mando tenía tres millares de jinetes negros, yacen enterrados en la dura tierra en que perecieron. Amistris y Anfistreo, blandiendo de continuo su infatigable lanza. El valiente Ariomardo, que ha sumido a Sardes en luto. Sisames de Miaia y Táribis, capitán de quinientos cincuenta navíos, de raza lirnea, varón de prestancia, yace muerto, infeliz, sin próspera suerte. Siénesis, primero en valentía, jefe de los cilicios, un varón que él solo dio el máximo trabajo a los enemigos, murió honrosamente. He hecho memoria ahora de tales caudillos. Corto me quedo al dar solo noticias de unas pocas desgracias, de entre las muchas que sucedieron.
REINA.—¡Ay, ay! Estoy oyendo en éstas las más profundas de las desgracias. Son el oprobio para los persas y motivo de agudos lamentos. Pero dime esto, volviendo
a tu informe: ¿tanto era de romero de naves enemigas para que osaran trabar combate con la armada persa mediante embestidas navales?
MENSAJERO.—En cuanto el número —entérate con claridad—, esas naves hubieran podido ser vencidas por las naves bárbaras. El número total ascendió a diez treintenas de naves, y, aparte de éstas, había una decena especial, mientras que Jerjes—también lo sé—disponía de naves, hasta un millar, que tenía a su mando directo y, además, doscientas siete naves ligeras. Esta es la proporción. ¿Te parece a ti que en eso estábamos en condiciones de inferioridad para el combate? Y sin embargo, una deidad perdió al ejército, pues desvió la balanza en contra de nosotros sin concedernos igual fortuna. Los dioses protegen habitualmente a la cintad de Palas.
REINA.—¿Entonces, está todavía sin destruir la ciudad de Atenas?
MENSAJERO.—Así es, pues mientras hay hombres, eso constituye un muro inexpugnable
REINA.—Dime cómo fue el comienzo del combate naval. ¿Quiénes iniciaron la lucha? ¿Los griegos? ¿O mi hijo, lleno de orgullo por el gran número de sus navios?

La batalla de Salamina

MENSAJERO.—Comenzó, Señora, todo el desastre, al aparecer, saliendo de algún sitio, un genio vengador o alguna perversa deidad. Sí; vino un hombre griego del ejército de los atenienses y dijo a tu hijo Jerjes que, a la llegada de la oscuridad de la negra noche, no permanecerían allí los griegos, sino que saltarían a los barcos de remeros que tienen las naves y cada cual por un sitio distinto, procurando ocultarse al huir, intentarían salvar la vida. Él, inmediatamente que lo hubo oído, sin advertir el engaño del hombre griego ni tampoco la envidia de los dioses, comunicó esta orden a todos los que eran capitanes de barco: cuando dejase el sol de alumbrar con sus rayos la tierra y las tinieblas ocuparan el sagrado recinto del cielo, formaran en tres líneas el grueso de la escuadra y el resto de las naves dispusieran en circulo alrededor de la isla de Ayente, con la finalidad de evitar la salida de barcos enemigos y vigilar las rutas rugientes por el oleaje; así, si intentaban los griegos esquivar su funesto destino una vez que hallaran un medio de huir con las naves sin que se advirtiera, tenían a su alcance d dejar sin cabeza todo enemigo.
Tan graves órdenes Jerjes dictó por haberse dejado llevar de su corazón confiado en exceso, pues no sabía el porvenir que le iba a llegar de los dioses.
Ellos, entonces, no con espíritu de indisciplina, sino con alma dócil al jefe, estuvieron haciendo la cena y los marineros atando los remos a los escálamos; que a los toletes bien se ajustaban. Pero, cuando la claridad del sol se extinguió y ya la noche se estaba acercando, todo marino señor de remo fue entrando en su nave y también todo el que había de luchar con las armas. En cada larga nave los bancos de remeros iban animándose entre sí, y todos navegaban en el puesto asignado, y a lo largo de toda la noche los jefes de las naves hicieron que toda la gente marinera preparase la travesía.
La noche avanzaba, pero la escuadra griega no hacía una salida furtiva por ningún sitio. Pero después que el día radiante, con sus blancos corceles, ocupó con su luz la tierra entera, en primer lugar, un canto, un clamor a modo de himno, procedente del lado de los griegos, profirió expresiones de buenos augurios que devolvió el eco de la isleña roca. El terror hizo presa en todos los bárbaros, defraudados en sus esperanzas, pues no entonaban entonces los griegos el sacro peán como preludio para una huida, sino como quienes van al combate con el coraje de almas valientes. La trompeta con su clangor encendió el animo de todos aquéllos. Inmediatamente con cadenciosas paladas del ruidoso remo golpeaban las aguas profundas del mar, al compás del sonido de mando. Rápidamente todos estuvieron al alcance de nuestra vista.
La primera, el ala derecha, en formación correcta, con orden, venía en cabeza En segundo lugar, la seguía toda la flota. Al mismo tiempo podía oírse un gran clamor: "Adelante, hijos de los griegos, libertad a la patria. Libertad a vuestros hijos, a vuestras mujeres, los templos de los dioses de vuestra estirpe y las tumbas de vuestros abuelos. Ahora es el combate por todo eso." En verdad que de nuestra parte se les oponía el rumor de la lengua de Persia . Ya no era tiempo de andarse con dilaciones. Inmediatamente una nave clavó en otra nave su espolón de bronce. Inició el ataque una nave gris y rompió en pedazos todo el mascarón de la popa de un barco fenicio. Cada cual dirigía su nave conga otra nave. Al principio, con la fuerza de un río resistió el ataque el ejército persa; pero, como la multitud de sus naves, se iba apelotonando dentro del estrecho, ya no existía posibilidad de que se ayudasen unos a otros, sino que entre sí ellos mismos se golpeaban con sus propios espolones de proa reforzados con bronce y destrozaban el aparejo de remos completo.
Entretanto, las naves griegas, con gran pericia, puestas en círculo alrededor, las atacaban. Se iban volcando los cascos de las naves, y ya no se podía ver el mar, lleno como estaba de rectos de naufragios y la carnicería de marinos muertos. Las riberas y los escollos se iban llenando de cadáveres. Cuantas naves quedaban de la armada bárbara todas remaban en pleno desorden buscando la huida. Los griegos, en cambio, como a atunes o a un copo de peces, con restos de remos, con trozos de tabla de los naufragios, los golpeaban, los machacaban. Lamentaciones en confusión, mezcladas con gemidos, se iban extendiendo por alta mar, hasta que lo impidió la sombría faz de la noche.
El inmenso número de males, aunque durante diez días estuviera informando de modo ordenado, no podría contártelo entero, pues, sábelo bien, nunca en un solo día ha muerto un número tan grande de hombres.
REINA.—¡Ay! ¡Un inmenso mar de desdichas ha inundado a los persas y a la raza bárbara entera!
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(Tras una intervención del Coro, aparece la sombra del difunto Darío, padre de Jerjes, que se dirige a la Reina, su esposa; La Sombra de Darío aparece encima de la tumba.)
SOMBRA.—¡Oh fieles entre fieles; compañeros que fuisteis de mi juventud, ancianos de Persia, ¿qué sufrimientos padece la ciudad? Gime y se golpea en señal de duelo, y
hasta el suelo se abre. Siento espanto de ver a mi esposa cerca de mi tumba, mas sus libaciones propicio acepté. Y vosotros estáis al lado del túmulo cantando canciones de duelo y, airando gemidos que atraen a las almas, llamándome estáis con voz lastimera.
No es fácil salir: sobre todo porque las deidades que tienen poder bajo tierra más prontas están a coger que a soltar Sin embargo ejercí mi influencia sobre ellas y he venido aquí. Date prisa, con el fin de que yo no merezca reproche en el uso del tiempo. ¿Que grave, reciente desgracia padecen los persas?
CORO. Estrofa.
No me atrevo a mirarte de frente, no me atrevo a hablar ante ti, por el temor piadoso que antaño me inspirabas.
SOMBRA.—Pero, ya que he venido de abajo siendo obediente a tus gemidos, sin hacer un relato prolijo, sino con brevedad, habla y da fin a tu informe completo, prescindiendo del respeto hacia mí.
CORO Antistrofa.
Rehuyo complacerte. Rehuyo hablar ante ti, luego haber dicho algo que es triste de oír para mis amigos
SOMBRA.—Pero, ya que el antiguo temor prevalece en tu corazon (dirigiéndose ahora a la Reina), tú, anciana compañera de mi lecho, mi noble esposa, cesa en esas lágrimas y lamentos y dime algo claro. Humanos sufrimientos les pueden suceder a los mortales. Muchos desastres vienen, a los hombres, del mar y muchos otros de tierra firme, si una vida demasiado larga se extiende tiempo adelante.
REINA.—¡Oh tú, que aventajabas en dicha a todos los mortales con tu feliz suerte. Porque, mientras veías los rayos del sol, pasaste una vida dichosa, envidiado lo mismo que un dios por los persas; y ahora, en cambio, siento envidia de ti porque has muerto antes de haber visto el abismo de nuestras desgracias. Sí, Darío, todo el relato oirás en breve tiempo: por decirlo en una palabra, está aniquilado el poder de los persas.
SOMBRA.—¿De que modo? ¿Vino algún terrible azote de peste o la guerra civil?
REINA —Nada de eso, sino que en las proximidades de Atenas ha perecido todo el ejército.
SOMBRA.—¿Y cuál de mis hijos condujo la expedición hasta allí? Explícamelo.
REINA.—El valiente Jerjes, dejando desierta toda la llanura del continente.
SOMBRA.—¿Fue a pie o navegando como el desdichado intentó esa locura?
REINA.—De ambos modos: un doble frente tenía su doble ejército.
SOMBRA.—Pero, ¿cómo también consiguió un ejercito tan grande de tierra atravesar hasta la otra orilla?
REINA.—Mediante artificios unció ambas orillas del estrecho de Hele, de modo que así pudiera haber paso.
SOMBRA.—¿Y lo consiguió hasta el punto de poder cerrar el gran Bósforo?
REINA.—Así es. Sin duda ninguna, alguna deidad le ayudó en su intención.
SOMBRA.—¡Ay! ¡Si! ¡Una deidad vino a él con tan gran poder que ya no podía pensar con prudencia!
REINA.—Hasta el punto de poder ver qué tremendo desastre ha llevado a cabo.
SOMBRA.—¿Y por qué, así, gemís por los mismos que lo realizaron?
REINA.—Una vez que la escuadra fue derrotada, esto causó la perdición de las fuerzas de tierra.
SOMBRA.—¿Y ha perecido así, completamente, a punta de lanza el pueblo entero?
REINA.—Hasta el punto que, entera, la ciudad de Susa llora su carencia total de varones.
SOMBRA.—¡Ay de nuestro ejército, nuestra ayuda y socorro!
REINA.—Se ha perdido entero el pueblo de los bactrios y, entre ellos, no había siquiera un anciano.
SOMBRA.—¡Oh desdichado, qué juventud de los aliados ha hecho perecer!
REINA.—Dicen que Jerjes, solo y abandonado, con no muchas tropas...
SOMBRA.—¿Cómo y adónde está yendo a parar? ¿Tiene salvación?
REINA.—...contento ha llegado hasta el puente, única unión de los dos continentes.
SOMBRA.—¿Y que está a salvo ya en nuestra tierra? ¿Es eso verdad?
REINA.—Sí. Predomina un informe seguro sobre eso no hay desacuerdo.
SOMBRA.—¡Ay! ¡Rápido vino el cumplimiento de los oráculos! ¡Y sobre mi hijo hizo caer Zeus con todo su peso el desenlace de las profecías! ¡Y yo que tenía confianza en que los dioses les darían cumplimiento completo cuando hubiera pasado un largo tiempo! Mas, cuando uno mismo es quien se apresura, recibe también la ayuda de un dios. Parece que ahora se ha hallado una fuente de males para todos los seres que quiero. Y mi hijo, sin advertirlo, con una juvenil temeridad, lo ha llevado a cabo Sí. Él abrigó la esperanza de sujetar con cadenas, como a un esclavo, al sagrado, fluyente Helesponto, al Bósforo, acuífera corriente de un dios. Y fue transformando en su ser el estrecho, y, luego que le impuso trabas hechas con el martillo, abrió un inmenso camino para nuestro ejército inmenso. Él, que es un mortal, falto de prudencia, creía que iba a imponer su dominio a todos los dioses y, concretamente, sobre Poseidón. ¿Cómo no iba a ser víctima en esto mi hijo de alguna enfermedad de la mente?
Temo que mi riqueza, producto de inmensa fatiga, llegue a ser un botín para el hombre que más se apresure.
REINA.—Esto ha aprendido el valeroso Jerjes por tratarse con hombres malvados. Le dijeron que tú habías adquirido mediante la lanza una gran riqueza para tus hijos, pero que él, por su cobardía, sólo manejaba la jabalina dentro de casa, sin aumentar la riqueza paterna. De oír con frecuencia tales reproches de hombres malvados, determinó esta expedición y una campaña en contra de Grecia.
SOMBRA—Efectivamente, ellos han producido el más grande desastre, de recuerdo imperecedero, como jamás otro dejó desierta la ciudad y los campos de Susa, desde aquel momento en que Zeus soberano concedió este honor: que un hombre solo ejerciera el poder con el cetro propio del gobernante sobre Asia entera criadora de ovejas. Fue Medo el primer jefe del ejército Después de aquél, un hijo suyo cumplió esta función. Ciro, el tercero a partir de él, hombre de suerte, tan pronto como hubo empezado su mando, impuso la paz entre todos los pueblos amigos, porque su mente llevaba el timón de sus impulsos. Conquistó el pueblo lidio y el de los frigios, y por la fuerza sometió a toda Jonia. No hubo ni un dios que le fuera hostil, porque era prudente por naturaleza. El hijo de Ciro fue el cuarto que mandó el ejército. Gobernó el quinto Mardo, que fue una vergüenza para nuestra patria y el antiguo trono. Le dimos muerte, mediante un engaño, el insigne Artáfrenes y yo dentro de palacio con ayuda de hombres amigos, para quienes hacerlo constituía una obligación. Y precisamente obtuve la suerte que yo deseaba. Llevé a cabo numerosas campañas con un ejército numeroso, pero no le infligí a la ciudad un desastre tan grande. Jerjes, en cambio, mi hijo, como aún es joven, piensa dislates propios de un joven y mis consejos no tiene en cuenta. Bien sabéis esto, mis coetáneos: todos cuantos tuvimos este poder, no podríamos aparecer como autores de tantos motivos de sufrimiento.
CORIFEO.—¿Qué, entonces, soberano Darío? ¿Adónde diriges d fin de tus palabras? ¿Cómo podríamos aun, partiendo de estos hechos, lograr el mejor éxito nosotros, el pueblo de Persia?
SOMBRA.—Si no hicierais campañas dirigidas a las regiones griegas, aunque el ejército medo fuera mayor todavía, porque tienen por aliada a su propia tierra.
CORIFEO.—¿Cómo es eso que has dicho? ¿De qué manera es su aliada
SOMBRA.—Matando de hambre a quienes constituyen un número demasiado excesivo.
CORIFEO.—Entonces enviaremos una tropa ligera, acogida.
SOMBRA.—Ni siquiera el ejército que ahora permanece en las regiones griegas logrará regresar y salvarse.
CORIFEO.—¿Cómo has dicho? ¿Que no va a cruzar el estrecho de Hele, regresando de Europa todo el ejército persa?
SOMBRA.—Pocos, ciertamente, de los muchos que son, si hay que dar algún crédito a los oráculos de los dioses, a la vista de lo que ahora ha ocurrido, pues no suceden unos si y otros no. Y, siendo esto así, deja Jerjes allí una tropa escogida del ejercito, por dejarse llevar de esperanzas vacías. Permanecen allí donde riega el llano con sus aguas corrientes el Asopo, fertilizante amado de la tierra beocia. Allí les espera sufrir las más hondas desgracias en castigo de su soberbia y sacrílego orgullo, pues, cuando esos llegaron a la tierra griega, no sintieron pudor al saquear las estatuas sagradas de los dioses ni de incendiar los templos. Han desaparecido los altares de dioses, y las estatuas de las deidades han sido arrancadas de raíz de sus basas y, en confusión, puestas cabeza abajo Así que, como esos obraron el mal, están padeciendo desgracias no menores y otras que les esperan, porque aún carecen de fondo sus males, pues todavía se está formando. ¡Tal será la ofrenda de sangre vertida con la degollina en tierra de Platea por la lanza doria! Montones de cadáveres, hasta la tercera generación, indicarán sin palabras a los ojos de los mortales que cuando se es mortal no hay que abrigar pensamientos más allá de la propia medida. Cuando la soberbia florece, da como fruto el racimo de la pérdida del propio dominio y recolecta cosecha de lágrimas. Fijaos en los castigos de estos hechos y acordaos de Atenas y Grecia.
Que nadie, por haber despreciado la suerte favorable que tiene llevado del deseo de otros bienes, vaya a perder del todo una considerable prosperidad. Arriba está Zeus, riguroso, que castiga los pensamientos demasiado soberbios. Ante esto, emplead vuestra moderación y haced que aquél entre en razón mediante prudentes admoniciones, para que deje de ofender a los dioses con su audacia llena de orgullo.
(La sombro de Dardo se desvanece.)